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Gilles Bertran de Balanda y Sigurd su primer gran caballo

  • Foto del escritor: Carolo López-Quesada
    Carolo López-Quesada
  • 1 oct 2025
  • 3 Min. de lectura

Hoy los invitados que vienen a nuestra página web son dos ilustres de lujo: Gilles Bertran de Balanda y Sigurd.

Según palabras de Gilles” Sigurd fue un pequeño anglo árabe francés de 1,60 de alzada, hijo de Djecko y de una madre pura sangre llamada Synthese. El caballo nació en la finca de un tío de mi padre, y fue montado por un amigo suyo a 5 y 6 años. Luego fue montado por Bertrand Mirabeau y este jinete llamó a mi padre para recomendarle que Sigurd podría ser un buen caballo para mí. Los primeros días fueron difíciles, hasta que un día contactamos y nos entendimos para el resto de nuestra carrera. Era muy violento y no soportaba la disciplina, ya que su temperamento era tremendo. Saltaba las rampas de los camiones, no dejaba que se entrase en su box con facilidad, incluso una vez no se dejó atender por el veterinario y no le dejó entrar en la cuadra.

Un día, mi padre, que me entrenaba por aquel entonces, tuvo que ser hospitalizado tras un accidente. Yo, que era bastante tímido por naturaleza, un poco reservado y acostumbrado a obedecer sus órdenes, me encontré solo en casa con los caballos durante un rato. La especialidad de Sigurd era saltar obstáculos por la derecha, pero ese día ocurrió algo increíble. Aunque el caballo se negaba incansablemente a saltar, persistí y logré convencerlo, aún no sé cómo. Recuerdo que la sesión duró dos horas y todavía no sé de dónde saqué el coraje ese día, pero quería lograrlo. En una mañana, todo cambió. Sigurd se rindió por completo y algo sucedió dentro de mí. Cuando mi padre volvió a casa del hospital, no podía creerlo Desde entonces, Sigurd y yo  competimos con éxito.

Destacamos por terminar sin faltas en numerosas Copas de Naciones, ganar el Gran Premio de Barcelona y participar en el Campeonato Mundial de La Baule. En aquella época, aunque los recorridos eran menos técnicos que hoy, saltábamos obstáculos enormes y a menudo se organizaban pruebas de potencia. Sigurd podía saltar 2,15  el sábado en la Potencia y correr el Gran Premio el domingo ¡Era excepcional!

Mi éxito con Sigurd fue como una victoria sobre mí mismo. Ese día, uno de nosotros tenía que triunfar. Estoy convencido de que si no lo hubiera logrado en ese preciso momento, nada habría sido posible después. Este acontecimiento no sólo me ayudó a tener más confianza a caballo, sino que también influyó en mi temperamento. Era, y sigo siendo,  una persona bastante introvertida que no se atrevía a hacer nada sola, pues estaba sujeta a la autoridad de mi padre, quien me hacía trabajar mucho. Además, creo que si él hubiera estado allí esa mañana, no habría hecho lo que hice. Al arreglármelas solo, comprendí que después de todo, no era tan inútil.

Sigurd me abrió una puerta. Claro, más tarde, tuve a Galoubet A, Crocus Graverie y muchos otros caballos, pero Sigurd fue el que más me impresionó, porque con él, todo era mágico. ¡Fue mi propio Jappeloup!

Galoubet A fue una estrella y también tuvo un impacto increíble en mi vida, pero aprendí mucho más de Sigurd que de él.

En aquel entonces, los caballos tenían carreras deportivas más cortas que hoy en día. Siempre le decía a mi padre que el día que Sigurd se cansara, ya no competiría con él. Sabía que si se negaba a superar un obstáculo, significaría que había llegado el momento de parar. Un día, me envió señales y comprendí que había perdido el deseo. Teníamos un vínculo tan estrecho que no quería pedirle más de lo que podía dar. Entonces lo dejé en una finca de un amigo, donde terminó sus días en paz”.

Carolo López-Quesada

 
 
 

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